"You love the game..."

"Nasty scars..."

"Pretty lies..."

"It's gonna be forever..."

"Cause you know I love the players and you love the game..."

Detrás de la mirada de fuego, esa perpleja que no dejaba ni un segundo de posarse sobre el cristal, había un agujero de gusano, un portal interdimensional que recorría ida y vuelta todo el universo en solo un pestañeo. Detrás de ese punto firme y preciso yo me veía representado.

Pensar que estos últimos minutos han sido una tortura es poco; 5 solamente han pasado, 55 quedan por delante, 3300 segundos de agonía que apenas se van reduciendo mientras deambulo por mis pensamientos. La gente camina delante mío ignorando completamente lo que me sucede. Pero de alguna forma es justo, yo también ignoro lo que les sucede a ellos. Quizás a simple viste luzcan tranquilos y hasta felices, absortos en sus propias vidas, agradecidos del tiempo que les toca vivir. A simple vista. Sin embargo por debajo de la superficie es donde la verdadera realidad de la persona se manifiesta, donde la agonía hace nido, guarda víveres y se prepara para quedarse una larga temporada. Para cuando nos damos cuenta de su existencia es demasiado tarde y ya ha pasado un tiempo allí, modificando su entorno y adaptándolo a sus necesidades, haciendo casi imposible deshacerse de ella. Las primeras manifestaciones son apenas unos malestares a la altura del estómago, muy leves, no es dolor siquiera, pero lo suficientemente perceptibles como para generar un extraña incomodidad, para ir ensombreciendo todo lo que nos ocurre durante el día. En ese estado no sabemos lo que es, sólo sentimos desgano y circulamos en piloto automático. Tiempo después el daño se ha acentuado y esa leve sensación desconocida se ha convertido en una expresión amarga, en aburrimiento y en la carencia absoluta de metas e intereses. En este estado es claro que ya todos nuestros conocidos, parientes, amigos, pareja e hijos lo han notado. Algunos tal vez expresen algún tipo de interés haciendo la observación que refiere a un "cambio", pero la mayoría sólo deja de expresarse o se aleja: nos hemos convertido en una persona tóxica, desagradable, que los deprime. A veces esto último es cierto, pero a veces somos la excusa temporal que encuentran para la manifestación que apenas nace de su propia agonía haciendo nido. Es imposible saberlo, pero es posible que así sea.