Deseo

Pensar que estos últimos minutos han sido una tortura es poco; 5 solamente han pasado, 55 quedan por delante, 3300 segundos de agonía que apenas se van reduciendo mientras deambulo por mis pensamientos. La gente camina delante mío ignorando completamente lo que me sucede. Pero de alguna forma es justo, yo también ignoro lo que les sucede a ellos. Quizás a simple viste luzcan tranquilos y hasta felices, absortos en sus propias vidas, agradecidos del tiempo que les toca vivir. A simple vista. Sin embargo por debajo de la superficie es donde la verdadera realidad de la persona se manifiesta, donde la agonía hace nido, guarda víveres y se prepara para quedarse una larga temporada. Para cuando nos damos cuenta de su existencia es demasiado tarde y ya ha pasado un tiempo allí, modificando su entorno y adaptándolo a sus necesidades, haciendo casi imposible deshacerse de ella. Las primeras manifestaciones son apenas unos malestares a la altura del estómago, muy leves, no es dolor siquiera, pero lo suficientemente perceptibles como para generar un extraña incomodidad, para ir ensombreciendo todo lo que nos ocurre durante el día. En ese estado no sabemos lo que es, sólo sentimos desgano y circulamos en piloto automático. Tiempo después el daño se ha acentuado y esa leve sensación desconocida se ha convertido en una expresión amarga, en aburrimiento y en la carencia absoluta de metas e intereses. En este estado es claro que ya todos nuestros conocidos, parientes, amigos, pareja e hijos lo han notado. Algunos tal vez expresen algún tipo de interés haciendo la observación que refiere a un “cambio”, pero la mayoría sólo deja de expresarse o se aleja: nos hemos convertido en una persona tóxica, desagradable, que los deprime. A veces esto último es cierto, pero a veces somos la excusa temporal que encuentran para la manifestación que apenas nace de su propia agonía haciendo nido. Es imposible saberlo, pero es posible que así sea.

50 minutos restantes, los agónicos aún siguen circulando sin notarme y la espera aún continúa. Tal vez debiera emplear estos últimos instantes en preguntarme “porqué”, pero no lo sé. Llegué hasta aquí de alguna forma, mediante alguna línea de pensamiento, ¿tiene sentido reproducir todo aquello, analizarlo y encontrarle alguna razón? Podría tenerlo salvo por un pequeño problema: el deseo. Es posible, o supongamos que lo fuera, que todas las justificaciones que me trajeron aquí sean equivocadas, todas y cada una de ellas y podría dedicar horas enteras en derribar cada una con argumentos sólidos e irrefutables. Sin embargo la decisión final podría no modificarse y podría, llegado el caso, decidir actuar en contra de toda razón y a voluntad simplemente porque quiero hacerlo. El deseo suele ser tan poderoso que todo el resto es irrelevante. Las razones, las excusas, las explicaciones que nos damos para actuar son una mentira que intenta enmarcar el deseo en el tipo de vida que decidimos llevar como sociedad, necesitamos justificar lo que hacemos, necesitamos ser humanos y eso implicar ser seres pensantes, que razonan, que no actúan por impulso. Eso nos diferencia de los animales después de todo.

Me pregunto si tal vez el deseo no es el remedio de la agonía. Más aún, podría ser tal vez que la agonía sea una consecuencia directa de la vida que llevamos. Sin embargo hay personas con real apariencia de felicidad y realización, y ellas también viven presas de la misma sociedad. ¿Será que algunos son inmunes? Tal vez pero conjeturar eso sería inútil porque no puedo demostrarlo. Lo que sí puede ser posible y comienzo a verle más sentido es que puede que hayan aprendido a utilizar el deseo de forma correcta. Es posible que si uno vive de determinada manera no sea necesario justificar las acciones que son fruto del deseo porque, en esos caso, el deseo está perfectamente alineado con el camino planteado y entonces es imposible distinguir una acción fruto del deseo de una que fuera consecuencia de un razonamiento lógico. Me entusiasma esta idea porque tiene todo el sentido del mundo… pero a la vez me atemoriza. ¿Cual es la fórmula o el secreto para lograr esa alineación? Más aún, y aún conociendo de que manera el camino que nos planteamos y el deseo  confluyen, ¿es posible llegar a ese estado habiendo vivido una vida que carece de ese equilibrio? Una respuesta negativa en ese estado, y la sola idea de que pueda existir, no hace otra cosa que alimentar mi agonía. Pero a la vez pienso en los próximos 40 minutos y siento esa excitación que sólo el deseo sabe generar.

Algunas personas que pasan me miran extrañadas y, claro, sé la razón, seguramente estoy hablando en voz alta otra vez. A veces no puedo evitarlo cuando estoy demasiado inmerso en mis pensamientos, desenmarañando ideas que no tienen un sentido o lógica aparente, moldeándolas para que puedan ser claras y precisas. Pero claro, a la luz de lo que he descubierto me parece que eso está reñido con la idea del deseo, de alinear mi vida con él, de seguir una senda donde mi deseo y su satisfacción se vean como la secuencia lógica de acciones que debería seguir para no desviarme. En este momento no lo parece y siento que mis acciones me llevan a desenlaces horribles, sin embargo el deseo me moviliza en ese rumbo.

Es claro… que imbécil, es claro. Es lo que siempre sucede, ahora lo veo. Queda menos de media hora y mis nervios están comenzando a actuar. ¡Cómo puedo ser tan tonto! A medida que se acerca el momento y al yo saber que no debería hacerlo, aunque ya establecí que sí porque por algo estoy aquí, me siento más nervioso y mi mente comienza a arrojarme ideas que nublan mi juicio, me está llevando a razonar, de una forma convincente, que si bien debo satisfacer mi deseo no es este el mejor momento porque mi actual rumbo no está alineado con mi deseo y, por lo tanto, con mi siguiente curso de acción. Repensar lo ya pensado puede llevar a decisiones contrarias, esto  es claro. Sin embargo cuando esta reelaboración de las ideas se produce en las inmediaciones del instante de tiempo límite no tenemos ninguna forma de saber que el razonamiento es puro, lo más probable es que no lo sea y que esté viciado por los nervios de último momento. Es decir, este no es el mejor momento para hacer caso a la razón. Ante la duda es mejor no cambiar de rumbo o, para decirlo de otro modo, las decisiones deben basarse en ideas sólidas y acabadas y este no sería el caso.

Mientras las persianas suben, rechinando como siempre, veo al señor Giorgio ponerse el delantal y preparar sus elementos. El momento es inminente, lo sé. El momento es inevitable, también lo sé. Llegar temprano fue buena idea aunque casi cometa un error. Es verdad, todo indicaría que luego voy a arrepentirme, pero estos minutos previos me han mostrado nuevas ideas para reelaborar mi vida de forma tal que el deseo esté alineado con ella, ¿porqué debo reprimirme? Si el deseo me hace actuar de determinada forma y esas acciones me producen placer, entonces no es el deseo lo que está mal, sino mi vida que luego me obliga a pensar que lo que hice era lo incorrecto. Debo cambiar la concepción de lo que soy. ¿Y si mi vida fuera distinta, una tal que conviva en armonía con mis deseos? Tal vez entonces desaparecería la reprimenda posterior, no habría culpa luego de la satisfacción del deseo y, por lo tanto, viviría en dicha permanente. ¡Es emocionante! Sólo debo cambiar unas pocas ideas fundamentales y así seré completamente feliz.

Ya es hora:

– Buenos días señor Giorgio.

– Buenos días caballero, me pareció raro no verlo por aquí ayer.

– Tuve un inconveniente, pero creo que eso no va a pasar más. Es más, creo que a partir de hoy voy a venir todos los días. Me siento muy bien.

– Pues bien por usted. Será un placer serle de utilidad, ¿que se le ofrece el día de hoy?

– Veamos: deme un especial, como siempre, y también voy a llevar 6 donas, pero de las rellenas con dulce de leche y cubiertas con chocolate… ah, y una porción de ese pastel, se ve muy bien.

– Buena elección, la especialidad de mi mujer, lo hicimos esta mañana, muy fresco.

– No puedo esperar para saborearlo.

Y no voy a hacerlo, nunca más esperaré o me privaré. Hoy soy un hombre nuevo. 253 kilos no son excusa para no ser feliz, me acepto como soy y a disfrutar. Así es… a disfrutar.

El punto

Detrás de la mirada de fuego, esa perpleja que no dejaba ni un segundo de posarse sobre el cristal, había un agujero de gusano, un portal interdimensional que recorría ida y vuelta todo el universo en solo un pestañeo. Detrás de ese punto firme y preciso yo me veía representado.

Es extraño que lo diga ahora porque no tiene el menor sentido. Recuerdo cuándo pasaba horas pensando en adentrarme en ese cosmos y extenderme como en ningún otro sitio podría. Largamente contemplé en mi mente esa sensación única y conocida. No había estado allí, ciertamente no, pero de algún modo conocía la sensación, el clima, los olores, el espacio, sabía como moverme y donde encontrarme. Es un inútil sinsentido porque es imposible y aunque conscientemente puedo reconocerlo mi mente sigue creyéndolo como algo real como un lugar físico como una plaza o un museo. Algo es porque es no porque yo sienta o crea que es. Ese lugar no es aunque creo que es. Sé que no es, no existe, lo estoy creando en este instante como un mecanismo de escape. Es gracioso los lugares a donde uno puede escaparse cuándo siente la necesidad, eso dice mucho de lo que nos sucede. Un imaginario cosmos detrás de un ojo inerte que contempla un cristal barato no suena o no sonaría, en principio, como un lugar placentero. Tal vez una persona normal escaparía a una playa, arenas blancas bañadas por ocasionales olas de mar cristalino, seguramente en el caribe o cualquier lugar en esas latitudes, da igual. El punto es que eso está en el imaginario del hombre normal, un sitio ampliamente considerado como un “paraíso”, un lugar para descansar y relajarse, desprenderse de las ocupaciones, de la vida moderna, de los monstruos, de los deseos oscuros, un lugar distinto al sonido rítmico de lo rutinario, lo industrial, lo procesado. No es lo que se me ocurrió o lo que pensé cuándo vi el ojo que fijamente analizaba el cristal. Lo que imaginé era mucho más, demasiado para cualquiera, un escape para mi.

Otra vez desvarío, otra vez me encuentro en el dilema de las palabras y lo extenuante del tiempo. Necesito pensar y elaborar y el tiempo insiste en avanzar y el dios negro en hacerme consciente de él, ¿con que sentido? El tiempo avanza y no lo puedo recuperar, lo sé, no es necesario que tenga que ser consciente de ello a cada uno de sus pasos, elaborar lleva tiempo y un cosmos ciertamente que lleva tiempo y no tengo. Me doy cuenta que no tengo tiempo, ni un instante. Avanza y estoy pero no es mío. Es inútil.

Yo vi que el ojo miraba un punto en un cristal rajado, que goteaba, un cristal sucio pero que no importaba, adentro el cosmos y las posibilidades infinitas y eso sí que importa. Lo inmenso puede ser agobiante para cualquiera, pero no para mí. He llegado a la conclusión de que en lo inmenso soy quién realmente debería haber sido sino fuera por esas elecciones. No me quitaron quién soy pero lo mantienen encerrado y sólo en noches como esta puedo salir y ser libre, volar y ser libre.

Mañana dirán que no pude o que no quise y que huí. Que manga de imbéciles. No saben de lo que soy capaz, solo yo sé que puedo hacer un mundo e iluminarlo. Podría describir cada grano de arena de cada montaña de cada planeta y astro de cada galaxia de mi cosmos con sólo contemplarlo en el reflejo de un vaso rajado. Un vaso rajado, que estupidez. El licor asoma muy lentamente por la grieta visible. Creo que fui yo quién le dijo que no lo tocara, no sé porqué lo hizo, cuándo estoy trabajando no deberían molestarme y ella lo sabía. Ahora la grieta no estaría, el licor no se derramaría y ella aún pestañaría. Debería subir e intentar repararla, lo resolveré cuándo llegue al suelo. Cuándo llegue al…

Abominación

“You love the game…”

“Nasty scars…”

“Pretty lies…”

“It’s gonna be forever…”

“Cause you know I love the players and you love the game…”

Dentro del barro un monstruo adormecido lucha por salir. Entre toda la mugre es difícil distinguir una cosa de la otra; desde la orilla todo es lo mismo, podría ser útil o inservible, da igual. Los brazos, esas cosas estériles apenas aferradas a lo que podría llamarse torso, se mueven torpemente removiendo escombros, basura y restos de un lado al otro. Por supuesto la tarea es inútil. Mientras un brazo empuja tinta y tiras para un lado, crujidos y sonidos que nunca serán caen desde el otro lado. Litros y litros de pintura chorrean por las paredes arrastrando restos humanos, teléfonos celulares, muebles y sueños demacrados. En un mundo detestable el monstruo es un habitante más. Pero si esto no fuera detestable y fuera simplemente el mundo que conocemos entonces el monstruo no sería una abominación que intenta abrirse paso, sería tal vez a quién reconoceríamos como una persona a ser salvada. No puedo distinguirlo en este momento, no sé que es este mundo ni que soy yo. Es posible que si esto me resulta nauseabundo entonces yo lo sea menos, pero también es posible que me vea reflejado. Esto podría ser yo o parte de mi o incluso un anhelo o una emoción que no puedo o no quiero reconocer. A veces lo aterrador es monstruoso y si mis miedos tuvieran una forma física seguramente enfrentarme cara a cara con esa realidad sería nauseabundo o incluso intolerable. ¿Y si eso que intenta salir es lo que temo? No sé si enfrentarlo, eliminarlo o entenderlo. Y es esto último lo que más temor me da y a la vez mayores certezas.

Comienzo a ver la abominación asomar, la reconozco como parte de mi y le temo. Pero ya la he visto. Ella sabe que yo sé. A partir de ahora ya nada será lo mismo. Ya nada debería ser lo mismo.